EL PROTOCOLO

Quiero hablarte hoy del poder de Dios para hacer milagros sobre las enfermedades infecciosas. Sí, la Biblia habla del tratamiento con las enfermedades infecciosas y el protocolo que había que implementar frente a estas enfermedades.

¿Quieres saber más? Bueno, quédate ahí porque te vas a sorprender. Vamos.

Un pasaje de la vida de Jesús nos cuenta lo siguiente:

Mateo 8:1-4  Después de que Jesús bajó de la montaña, mucha gente lo siguió. 2  De pronto, un hombre que tenía lepra se acercó a Jesús, se arrodilló delante de él y le dijo: —Señor, yo sé que tú puedes sanarme. ¿Quieres hacerlo? 3  Jesús puso la mano sobre él y le contestó: —¡Quiero hacerlo! ¡Ya estás sano! Y el hombre quedó sano de inmediato. 4  Después, Jesús le dijo: —¡Escucha bien esto! No le digas a nadie lo que sucedió. Vete a donde está el sacerdote, y lleva la ofrenda que Moisés ordenó. Así los sacerdotes serán testigos de que ya no tienes esa enfermedad.

La lepra es una enfermedad altamente contagiosa y en la época de Jesús había muchos leprosos. La ciencia no había encontrado maneras de curar esta enfermedad y los leprosos sufrían las consecuencias horribles de su proceso destructivo en la persona que la padecían.

Jesús sanaba de enfermedades infecciosas

¿Cómo aparecía esta enfermedad en una persona? Por contacto estrecho con otro infectado. Por eso los leprosos debían vivir apartados de la sociedad, aislados de su familia y alejados de todo.

Había dos clases de lepra en la época de Jesús. Una se manifestaba con hinchazón en la piel como si fueran tumores que luego reventaban y desfiguraban a la persona. Sus rostros ya se volvían irreconocibles, monstruosos. La otra forma comenzaba como una llaga blanca en la piel que luego de un tiempo se volvía insensible y se desparramaba por todo el cuerpo. Por eso se decía de los leprosos que su piel se volvía blanca como la nieve. Esa insensibilidad era un peligro porque los leprosos se quemaban o se lastimaban y no se daban cuenta porque no sentían nada en la piel. Se volvían insensibles al dolor.

No puedo pensar en una situación peor para una persona. Cuando los sacerdotes, los médicos de aquel entonces, que eran los encargados de declarar el diagnóstico de lepra, examinaban a la persona sospechosa de estar contagiada, inmediatamente lo aislaban de la familia y de la ciudad por siete días. Luego de eso, lo volvían a examinar y si la enfermedad había avanzado, lo declaraban leproso. Eso iniciaba un protocolo muy estricto con muchos mandamientos para ser cumplidos.

A ellos no se les permitía andar en la ciudad y si lo hacían, debían llevar unas campanas para advertir a los demás de su presencia mientras iban gritando ¡leproso, leproso! Tampoco se les permitía acercarse a nadie a menos de dos metros de distancia. Todo lo que tocaran se volvía impuro, cosas o personas. La comida se les acercaba desde lejos y se las dejaban en el suelo para que ellos fueran a buscarla.

Además de su enfermedad física, se iban degradando emocional y psíquicamente por el aislamiento de su familia, de sus trabajos, de sus cosas. La muerte les seguía a todos lados. En algunos países les daban un certificado de muerto, así podían dejar la herencia a su familia. Eran muertos en vida.

En la Biblia siempre la lepra fue una ilustración para mostrar la obra del pecado en las personas.

El pecado, que básicamente es estar alejado de Dios y su amor, vivir de manera egoísta, haciendo la propia voluntad, va desfigurando a las personas hasta tal punto de no poder reconocerlas. Se vuelven monstruosas, personas de las que hay que alejarse para que no te dañen. Por otro lado, se vuelven insensibles, duras, impenetrables, que se hacen daño a sí mismas y otras personas y ni siquiera se dan cuenta del mal que hacen hasta que ya es tarde y lo pierden todo.

¿Puede Dios actuar en las personas infectadas? Digo en aquellas que están infectadas de una enfermedad física o infectadas por el virus del pecado. ¿Puede Él hacerlo?

Aquel leproso que se acercó a Jesús sabía que él tenía el poder para sanarlo, por eso pasó todas las barreras hasta que estuvo a centímetros de distancia de él. Estaba rompiendo todos los protocolos, pero quería recuperar su vida perdida. ¡Me imagino la cara de todos cuando de repente aparece este infeccioso impuro haciendo impuro a Jesús!

Hay en las palabras del leproso algo que nos sucede también a nosotros a veces cuando nos acercamos a Jesús para pedirle por nuestro milagro:

“—Señor, yo sé que tú puedes sanarme. ¿Quieres hacerlo?”

A mucha gente le pasa. Saben que Dios podría sanarlos, pero dudan si él quisiera sanarlos.

Eso simplemente es una fe mezclada con dudas. Quizás esta persona estaba habituada a ser rechazada por la gente. Nadie quería por amigo a un leproso, su familia lo repudiaba, eran personas que alejaban a la gente. Ya estaban acostumbrados a ver las caras de asco, de repugnancia cuando se acercaban a la ciudad por alguna necesidad. Por eso se transformaban en mendigos, en gente que en vez de hablar, rogaban, pedían por favor un podo de limosna.

¿Has pasado por esa experiencia? Una enfermedad ha llegado a tu vida y aunque crees que Dios tiene el poder para sanarte, dudas si él quiere hacerlo. No te sientes digno, merecedor de ese favor. Hasta esperas la cara, el gesto de desagrado del Señor.

Lo mismo sucede si has estado involucrado con el pecado hasta tal punto de ya no ser la misma persona que eras antes. Sabes que Jesús te puede sanar, pero dudas si él lo quisiera hacer. No te sientes merecedor de su misericordia y perdón.

Pero ¿quién es merecedor de algo frente a Dios?

Aquellas palabras hicieron enojar a Jesús. Distintas versiones traducen sus palabras así: “¡Cómo que si quiero, por supuesto que quiero!” Inmediatamente tocó al leproso (algo inconcebible para aquella época, nadie tocaba a los leprosos, pero Jesús sí), ¡Sé sano de tu enfermedad! Inmediatamente aquel leproso fue limpiado, sanado totalmente.

Creo que este pasaje esconde los secretos para tu sanidad, para tu bendición. ¿Quieres saberlos? Escucha atentamente:

Primero:

acércate a Jesús, aunque sientas que no eres digno de hacerlo. Rompe las barreras de tus propios prejuicios y de los prejuicios de los demás. Termina con la vergüenza y ve a Jesús ahora.

Segundo:

pide lo que quieres con fe. “Señor, sáname de esta enfermedad, líbrame de este pecado”. No dudes. Jesús dijo que por tus palabras serás justificado o condenado. Que tus palabras sean de fe y confianza en el poder sanador de Jesús.

Tercero:

Cuando Dios haga el milagro, sé agradecido. Jesús le dijo al leproso (ex leproso en realidad) “lleva la ofrenda que Moisés estipuló para los sanados de lepra”. Mucha gente es sanada en estos tiempos, pero pocos llevan una ofrenda de gratitud a Dios al templo.

Cuarto:

deja que Jesús te toque. Esto es fundamental. Dale lugar en tu corazón a lo milagroso, a lo sobrenatural. Deja que él lo haga a su manera. Él pasará por alto las leyes naturales, las leyes sociales o culturales para darte la sanidad que necesitas.

Quinto:

Ve a dar testimonio de tu sanidad. Jesús le dijo que se presente ante los sacerdotes para que ellos constaten que estaba curado. Recuerda que los sacerdotes eran los médicos de aquel entonces. Ellos estaban facultados para dar un certificado de salud y con ese certificado podían volver a sus vidas normales.

Luego de ser sanado, ve al médico, él te dará el certificado de sanidad, él te dirá estás sano, sana. Eso será un testimonio a ellos y muchos otros querrán saber qué te pasó y encontrarás allí la oportunidad de hablar del amor de Jesús.

Quiero decirte: “¡Dios puede y quiere porque Él te ama!”

No hagas enojar al Señor con tus dudas. Que él no tenga que decirte: “¡Cómo que si quiero, claro que quiero, sé sano ahora, sé limpio ahora, sé libre ahora”!

San Pablo decía que Dios produce en nosotros el querer como el hacer por su buena voluntad. Si él lo produce en nosotros, ¿no lo puede producir en Él mismo? ÉL quiere y puede. Él puede y quiere.

El tiene buena voluntad para contigo.

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