A ESA FIESTA NO VOY!

Hace muchos años, abrimos con mi esposo una academia de música en un local que alquilamos cerca de nuestra casa.

El local tenía una vidriera y una puerta de entrada de un vidrio grueso tipo Blindex. Un día, alguien golpeó la puerta con algún objeto, y la rompió. Era un vidrio muy caro en aquella época y no teníamos los recursos para reponerlo. Cuando fui hasta el local y vi la puerta rota, empecé a decir: “Y ahora qué vamos a hacer, nosotros no podemos comprar esa puerta. No tenemos tanto dinero, no sé cómo vamos a hacer, quién nos va a ayudar.”

Durante mucho tiempo tuvimos una puerta de hierro con madera en lugar de la puerta de vidrio templado, que, según mi criterio, era lo que podíamos comprar y no puedo dejar de pensar que fueron mis palabras las que retrasaron que pusiéramos la puerta original. Mis emociones primarias hicieron que mi boca hablara una palabra negativa que retrasó la bendición.

Creo firmemente que hay una ruta en nuestro cerebro que lleva a los pensamientos desde su origen (las emociones) hasta nuestra boca, o sea lo que decimos.

Les voy a dar un ejemplo: Hace muchos años que viajamos con mi esposo a la ciudad de La Madrid, donde está una de nuestras congregaciones. Son 390 km que ya podríamos hacer de memoria y con los ojos cerrados. Cuando alguien me pregunta cómo llegar allá, puedo describirle con detalles hasta los pozos que tiene que esquivar en la ruta.

Así pasa con nuestro cerebro. Los pensamientos toman siempre el mismo camino que yo misma les he trazado y por donde viajan cómodamente, porque se ha hecho un surco, hasta llegar a mi boca donde toman forma de palabras.

Los neurocientíficos están hablando de esto. Bueno, déjenme contarles que hace unos años se descubrió que lo que la lengua pronuncia, el cerebro se prepara para ejecutarlas.

Cuando decimos “de esta no salgo”, el cerebro le dice al cuerpo: “preparémonos para el fracaso total”. Cuando decimos “me quiero morir” el cerebro les dice a todos nuestros sistemas: “preparémonos para morir”. Así de importantes son las palabras que pronuncio con mi boca.

No por nada, hace miles de años, antes que nacieran la ciencia y la investigación neurológica, la Biblia dice que la vida y la muerte están en poder de la lengua y que el que la usa comerá de sus frutos. ¡Qué expresión tan fuerte, comer de lo que uno habla, alimentarse.

Pensando en todo esto, el Señor me dirigió hacia la lectura de un Salmo precioso, el 141, que dice así desde el versículo 1 al 4.

Salmo 141:1 SEÑOR, ruego tu ayuda; escúchame cuando clamo a ti. 2 Que mi oración suba a ti como el incienso; que mis brazos levantados hacia ti sean como el sacrificio de la tarde. 3 SEÑOR, ponle un guardia a mi boca y un vigilante a la puerta de mis labios. 4 No permitas que mi corazón se incline a lo malo; ni que me una a los perversos para hacer maldades. No permitas que me junte con los que hacen el mal; ni que coma con ellos en sus fiestas.

Yo veo aquí varias cosas interesantes.

  1. EL SALMISTA DESCUBRE EL PODER DE LAS PALABRAS

Seguramente su manera de hablar, de expresar sus emociones, lo habían metido en problemas, o había causado alguna dificultad familiar o financiera o de salud, de relación.

Cuando lo descubrió, enseguida se dirigió a Dios en una oración muy sentida. ¡Las palabras que pronunció nos hacen ver el grado de emoción, la urgencia que tenía que Dios lo escuchara! Palabras como “te ruego”, “clamo a ti”, “levanto mis brazos a ti como un sacrificio”, nos demuestran eso.

¿Has descubierto el poder de tus palabras? Tienen la capacidad de crear cosas maravillosas o de destruir completamente lo que te costó mucho construir.

Santiago, el apóstol, decía:

Santiago 3:7  El ser humano puede domar toda clase de animales, aves, reptiles y peces, 8  pero nadie puede domar la lengua. Es maligna e incansable, llena de veneno mortal. 9  A veces alaba a nuestro Señor y Padre, y otras veces maldice a quienes Dios creó a su propia imagen.  10  Y así, la bendición y la maldición salen de la misma boca. Sin duda, hermanos míos, ¡eso no está bien!  

Si has descubierto cómo la lengua puede meterte en problemas, harías muy bien en orar a Dios pidiéndole ayuda.

  • EL SALMISTA PIDE UNA GUARDIA ESPECIAL

ÉL lo dijo en oración así: 3 SEÑOR, ponle un guardia a mi boca y un vigilante a la puerta de mis labios.

Evidentemente se dio cuenta de su impotencia para controlar su manera negativa de hablar, así que pidió que Dios le impida que salgan de su boca palabras de muerte o de fracaso. Era un grito desesperado: “¡Controla mi lengua, Señor!”

EL salmista David usa dos palabras en su petición:

La primera es “mi boca”, para referirse al órgano del habla, los músculos que se mueven para pronunciar las vocales y consonantes que forman las palabras; y la segunda, “mis labios” que significa “mi lenguaje, la manera en la que hablo”.

Es como decirle a Dios: “No permitas que abra mi boca sino para decir algo que valga la pena ser escuchado, palabras que edifiquen y no me metan en problemas”.

Necesitamos la ayuda de Dios para frenar nuestra lengua porque Santiago decía que ningún ser humano puede hacerlo. Tiene que ser una obra sobrenatural de Dios en nosotros.

  • EL SALMISTA PIDE POR SUS CAMINOS

EN este punto vemos que el salmista primero ora por las inclinaciones de su corazón, o sea, de sus pensamientos.

Él dice: 4 No permitas que mi corazón se incline a lo malo;

Creo que es una muy buena oración para hacer. “Señor mira que a veces me inclino a pensamientos malos, de fracaso, de muerte, de violencia, de venganza, ¡ayúdame, Señor!”.

Segundo, ora para que esas inclinaciones no lo lleven a unirse a los perversos para hacer maldades.

Esto significa que él ora para que no ceder a la tentación de beneficiarse de las oportunidades que se presentan para hacer el mal.

Siempre hay oportunidades que se presentan para caer en maldades, imprudencias, pecados, palabras ociosas. Y debemos estar atentos para pedirle a Dios que nos ayude a evitarlo.

Tercero, ora que Dios no permita que dé el siguiente paso de juntarse, de hacer amistad, sociedad con los que hacen el mal.

Una cosa es reconocer una inclinación negativa, ser tentado por una oportunidad de hacer el mal, pero otra es ya juntarse, asociarse con personas que viven en esa condición, hacer una causa común con ellos, hablar como ellos, terminar teniendo un lenguaje común con los perversos.

Si llevamos esto al mundo espiritual, los perversos, los malos representan al enemigo de nuestras almas, el diablo, que quiere que hable como él, que pronuncie palabras que me automaldigan, que haga caso a los pensamientos que él me induce a tener y los transforme en palabras que en definitiva van a perjudicar mi presente y mi futuro y el de aquellos que me rodean.

Por último, dice “ni que coma con ellos en sus fiestas.”

Esto me impactó mucho porque me hizo pensar en las celebraciones. ¿Cuándo celebramos nosotros? Cuando hay una victoria, un logro, cuando conseguimos algo, terminar una carrera, obtener un título, una boda, un nacimiento.

Satanás también celebra cuando tiene una victoria. ¿Cuál es su victoria? Que termines hablando como él habla. Que uses el lenguaje del infierno que es queja, murmuración, negatividad, muerte, fracaso, enfermedad, depresión. ¡Yo a esa fiesta no voy!

El enemigo me tenía entre sus invitados, pero ya no. El va a preguntar: ¿Qué pasó con Sonia que no vino? Y vos decí: “¿Qué pasó con ……. Y poné tu nombre, que no vino?” Miren, es como si lo escuchara: Pero si era el alma de nuestra fiesta. ¿Dónde está?

Mi respuesta es: Estoy parada en una decisión: mi decisión llevar mis emociones delante de Dios, pedir su ayuda, recibirla y practicarla. Porque lo que yo no puedo hacer, lo hace el Señor. Ahora, hay algo que yo tengo que hacer: tomar una decisión.

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