¡Convencido de la victoria!

CONVENCIDO DE LA VICTORIA! (1)SUBPRODUCTOS DE LA FE

LA CONVICCIÓN

¡¡Hola a todos!! Gracias por estar ahí compartiendo con nosotros un tiempo especial. Ustedes dirán qué tiene de especial este tiempo, bueno, cuando todo está revuelto, desordenado, sin una clara visión de solución, tenemos dos alternativas: o nos desesperamos o nos reinventamos. O esperamos la vacuna o somos la vacuna. O soy parte del problema o soy la solución al problema, o me vuelvo esclavo del temor a morirme o soy dador de vida. ¿Cuál de todas estas oraciones es la tuya?

Serías capaz de decir conmigo, “yo me reinvento, yo soy la vacuna, yo soy la solución a este problema, yo soy dador de vida”.

Moisés se puso entre los vivos y los muertos en un tiempo de plaga fulminante, se reinventó volviéndose un intercesor delante de Dios y derrotó la plaga.

José, el personaje de la Biblia salvó a una nación de una recesión económica a causa de una sequía que duró siete años, se reinventó, fue la solución, fue dador de vida.

Daniel, el profeta de la Biblia, era esclavo en un país extranjero, pero se reinventó, usó su don espiritual y trajo revelación y vida a toda una nación.

Ester, la mujer que estaba siendo una más de las 500 mujeres que tenía el rey Asuero, se reinventó, fue la solución a un problema terrible de injusticia y discriminación y se transformó en dadora de vida.

Jesús dejó los cielos, lugar de su Señorío para reinventarse, transformarse en un bebé para ser el Salvador de la humanidad y llegar a ser el camino, la verdad y la vida.

Todos ellos tuvieron fe en Dios. Esa fe, como escuchamos en los mensajes anteriores, tenía dos componentes: confianza y certeza. La confianza los hacía mirar con esperanza el futuro y la certeza los sostenía mientras esperaban.

Pero había en ellos un tercer componente de su fe: la convicción.

Diapositiva3La fe de la que habla la Biblia no es para nada mística. ¿Qué significa místico o misticismo? ¿Han oído esa palabra? Místico viene de la palabra “misterio, misterioso”. ¿Qué es un misterio? Es algo que no tiene explicación, algo secreto, reservado.

Pero la fe bíblica no es un misterio, no es imprecisa o secreta o personal o reservada solo a los que la entienden.

La fe se ve y tiene resultados. Esa fe que agrada a Dios tiene tres componentes: confianza, certeza y convicción.

¿Qué es la convicción?

Es muy interesante el origen de esta palabra y cómo se usa en la Biblia. Está compuesta de tres palabras: con, victus y ción. “Con” significa Junto a, o tener, victus significa victoria y ción es la palabra que denota acción.

Entonces, el que tiene convicción es alguien que ya tiene la victoria y actúa en base a eso.

Hebreos 11:1 dice que la fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve. Estar convencido no es alegrarse en base a una ilusión, sino alegrarse en una victoria que ya se realizó y celebrarla. Y en base a esa victoria actuar porque esa es la prueba de que lo que espero se va a realizar, aunque todavía no lo haya visto.

Entonces, una persona que tiene fe bíblica:

Primero: no es mística, no está creyendo en algo misterioso y que no se puede comprobar.

Segundo: está llena de confianza en el futuro porque Dios ha demostrado ser confiable cada vez que prometió algo en el pasado.

Tercero: Está llena de certezas, de seguridad en base a las experiencias vividas con Dios.

Cuarto: Es una persona con convicción que celebra la victoria ya asegurada y se mueve en esa dirección.

¡Porque Él vive, nosotros viviremos, porque Él venció, nosotros somos más que vencedores, porque Él reina, nosotros reinamos con él! ¡Aleluya!

Pero déjenme decir algo más. Hay una palabra que deriva de “convicción” y es la palabra “convicto”.

¿Qué es un convicto? Es un prisionero. Un convicto está encerrado por el veredicto de un juez.

Nosotros estamos así, convictos, prisioneros de una convicción: “Ya tengo la victoria en Cristo Jesús” y nadie me puede mover de ese lugar. Yo estoy atado al Señor. No importan las circunstancias ni los síntomas, ni los diagnósticos, ya soy vencedor de todo eso. ¿Fue por mi victoria? No, fue por la victoria de Él.

San Pablo decía: “yo soy prisionero de Jesucristo”. Los romanos no lo tenían prisionero, Jesús lo tenía convicto, convencido, atado a él.

Una mujer con una enfermedad oyó que Jesús sanaba a los enfermos y fue a tratar de tocar el manto del Señor para ser sanada. Había gastado todo su dinero en médicos y cada vez le iba peor. Empobrecida y sin salida, salió de su casa prisionera de una esperanza, convencida de una victoria. Ella dijo: “Si toco su manto seré sanada”. No dijo: “a lo mejor, si hago las cosas bien, él quizás me sane”. NO. Dijo “seré sanada”.

Con la victoria en su mente, se abrió paso hasta llegar a Jesús y tocarlo. Al darse cuenta Jesús que poder había salido de él, se detuvo y buscó entre la gente al que le había tocado y cuando descubrió que era aquella mujer, le dijo: “Oh, mujer, grande es tu fe, queda sana de tu enfermedad”. No le dijo: “mi poder te ha sanado, tu buena conducta te ha sanado, sino tu fe te ha sanado”. ¿Qué componentes tenía esa fe? Confianza, certeza y convicción. ¿Resultado? Sanidad milagrosa. ¡Gloria a Dios!

De toda la multitud de curiosos que seguían a Jesús, solo una mujer con fe hizo que el poder de Dios se manifestara. ¿Sabías que en este mundo a los que tienen convicciones firmes se les suele llamar “locos”? Esta mujer estaba loca. Su enfermedad la hacía inmunda en esa sociedad. No podía tocar a nadie, estaba aislada de su familia, de sus hijos, cada vez que podía salir por alguna necesidad tenía que gritar “inmunda, inmunda” para que todos le abrieran paso. Esto que te estoy diciendo te puede parecer una locura, pero aquella mujer tenía la convicción, estaba convicta de una seguridad, de una victoria que ya era suya.

En Zacarías 9:12 el Señor dijo: “Vuélvanse a la fortaleza, prisioneros de esperanza. Hoy les anuncio que los restauraré el doble.”

Aquellos prisioneros no estaban presos de las cadenas, estaban presos de una esperanza y Dios la vio y les prometió doble premio. ¡Gloria a Dios! ¡Vamos, alguien que diga gloria a Dios! ¡Viene el doble de restauración para aquellos que están prisioneros de una victoria! ¡Amén!

Una persona con convicción es capaz de dar la vida por lo que cree. La convicción le genera un impulso que no se puede frenar. Por eso las personas que no tienen convicción no sienten el impulso para salir adelante. Pueden tener confianza y certeza pero les falta la convicción, ese fuego interior que lo empuja a seguir creyendo aunque todavía no vea lo que está esperando.

Jeremías era un profeta de convicciones, aunque cada vez que hablaba de parte de Dios eso le traía muchos problemas y muchos enemigos. El cansancio de tanta oposición le hizo decir:

«Ya no anunciaré más de él; no volveré a hablar en su nombre», pero su mensaje dentro de mí se convierte en un fuego ardiente que me cala hasta los huesos. Hago todo lo que puedo por contenerlo, pero me es imposible. Jeremías 20:9

Eso es la convicción: un impulso interior que me empuja a seguir creyendo.

Según el versículo de Hebreos 11:1 la convicción es la prueba de que la fe está allí. La confianza y la certeza son sentimientos que pueden cambiar con el tiempo, pero la convicción es irresistible, es la prueba de que hay fuego, ¡hay fuego! Hay fe, entonces hay milagros.

 

 

 

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